Como el perro que rasguña desesperado la puerta de su amo o el perro que ladra y ladra, e incluso resiste la lluvia en espera de “algo”. Con ese sentimiento llamas a mi teléfono. Y contesto. Y mi voz de completa borracha balbucea que ya no jodas. Las piernas se doblan, ellas se manejan solas, se descontrolan tratando de caminar por una línea “recta”. Y de nuevo el teléfono. Me exiges lo que a las chicas como yo, de ninguna forma se les exige. Y de nuevo: ¡YA NO JODAS! Que voy de vuelta al bar, los muchachos esperan. Le pido a la Tita otra piscola. Que los muchachos ya me van a coronar.
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