28 diciembre, 2010

LA CARTA

En honor a tu demencia, a la mía, en fin, a nuestra locura, he querido escribir en resumen nuestra historia, quizás un análisis frío, en este momento, mi último momento.

Conocerte ciertamente fue un agrado, una tarde de húmedo verano, un rojo atardecer y suena cursi, pero te veías dorado. Y al evocar ese cuadro, me enamoro de nuevo pero es sólo un recuerdo. Cómo cambian las cosas, ¡cómo cambian las personas! Si fue ayer  cuando recorríamos los parques, las piletas, las bancas de cada plaza que hicimos nuestras, como dos tradicionales enamorados. Pero más que todo, hubo algo en ti que me cautivó, algo que me secuestró, fue eso mismo lo que me desmoronó.

No hay motivos, no hay causas, no hay razones ni argumentos que pueda decir para explicar lo que ya pasó. Me hiciste inmensamente feliz, y me hiciste lentamente desaparecer, me escondí en tu sombra ruin, me vestiste con desdicha y me llené de desamor. Y como todos saben una mujer y un desamor no son, para nada una buena pareja, súmenle a esto el rencor de la traición. Y digo traición no en la forma convencional de un hecho concreto, digo traición porque me desconectaste de ti, me alejaste, sin aviso. Dejaste de estar para mí, cuando ya te habías hecho completamente necesario. Esto fue algo que, ¿me explico? No pude soportar.

Así transcurrieron los días, pasé de la felicidad a la soledad, ¿dónde quedó el amor? Durante el último he intentado quemar recuerdos, olvidar los momentos, ¡si supieras todo lo que he intentado! Si supieras cuántas cosas en mi han cambiado, pero ya no podía vivir con el rencor. No quería odiarte, no quería ensuciar los bellos recuerdos de nuestro amor, te prometo que no quería.

Me besabas y no me hablabas, me tocabas y no me mirabas, pero aún insistías en decirme que me amabas, eso era definitivamente lo que más me torturaba, lo que me desenfocaba, lo que me desquiciaba. Y de a poco, comencé a mirar cada detalle de tu cuerpo, cada debilidad, te miraba e imaginaba mi mano con un puñal. Te miraba y aunque te amaba prefería no verte nunca más.

A pesar de tener una idea general de tu final, no sabía el momento exacto en que me iba a condenar. Pero fue una mañana, después de la última noche apasionada, cuando luego de vestirme decidí que era la ocasión de terminar con mi desilusión, fui a la cocina, fui sin conciencia, caminé como un zombie a buscar mi puñal. Y volver a la cama, y saber que te amé, y que fuimos felices y compartimos un amor. Pero… ¡No, no, no! ¡Yo tenía que pensar en mí! Yo ya no podía vivir, ¿acaso hay alguien que entienda mi situación?

Tu cuerpo blando sobre la cama, las sábanas blancas envolvían tu torso desnudo, y yo de pie junto a la puerta, ideando lo más macabro, lo más bajo. Pero estaba decidido, tenía que matarte, eras tú o yo. Camine lentamente, por dentro me devoraba la desesperación, quería hacerlo rápido, deseaba ¡ya! Terminar con esto. Y miré tu pecho y enterré el puñal. Se agitó tu respiración y me miraste fijamente sin entender. Cuando la sangre comenzó a correr, lo que dije fue: “Yo te amaba… mi amor”. Pero ya no tenía compasión, se con certeza que en ese momento mi corazón se endureció. Dejé tu cuerpo desangrándose entre las almohadas, ¿tanta sangre hay dentro de un solo cuerpo, dios mío? Me senté a escribir esta carta, de vez en cuando te miraba, inocentemente pensaba que respirabas, inocentemente te amé e inocentemente yo te maté. Y a medida que lo escribo lo veo más claro, éramos el uno para el otro, éramos uno los dos, y ahora que estás muerto, ahora vengo yo. No ha pasado más de una hora, pero necesito oír tu voz, necesito sentir tu respiración. Lo sé, no hay vuelta atrás, mis venas voy a cortar. Y mientras me tomo el último vaso de vino, como dice la canción. Tengo que sellar este sobre, tengo que sellar este amor. Un par de líneas arriba me pregunto ¿dónde quedó el amor? Ahora sé que este amor me lo llevo al cajón.

No hay comentarios:

Publicar un comentario